quizá lo que más nos asquea de esas formas de vida no sea tanto su viscosidad como justo esa condición obscenamente elemental, la ciega búsqueda del alimento, de la reproducción, de la supervivencia a fin de cuentas, que tan de manifiesto ponen, sobre el cieno, la vanidad de cualquier sentido elevado o trascendente de la existencia.
sobre el cieno avanzan ciegas tres lombrices gordas, largas, viscosas.
la vida es fascinantemente asquerosa en sus formas más elementales.
1. la filosofía intenta comprender el mundo por medio de palabras. la ciencia trata de hacer lo mismo empleando números. en los últimos siglos, la ciencia ha ido arrinconando poco a poco a la filosofía, que se ha visto reducida al estudio de la ética, la estética, la moral, labores vicarias, periféricas, alejadas del meollo de la cuestión, y qué tristemente ridículas se ven las consideraciones de algunos grandes filósofos a la luz de descubrimientos científicos posteriores.
2. no se dónde leí hace poco que el código genético se viene descifrando con letras, y quiero pensar que no deja de constituir una -sin duda ingenua- esperanza para los que aún confiamos en el poder iluminador de la palabra: ¿no resultará al cabo la cábala el antepasado alquímico de la ciencia del futuro?
¡que aburridos parecen los conductores de esos flamantes cuatroporcuatros!
"El deseo de servir al bien común debe ser obligatoriamente una necesidad del corazón, una condición de la felicidad personal; si no proviene de allí, si nace sólo de consideraciones teóricas o de otro tipo, no sirve."
Anton Chéjov, Cuaderno de notas, La Compañía / Páginas de Espuma, Madrid, 2010.
al parecer, el día de ayer, 24 de enero, es el día más deprimente del año, según descubrió hace algún tiempo un investigador de la universidad de cardiff por medio de una fórmula matemática. creo que la onu o la unesco o la otan o alguien debería aprovechar para declarar ese día "día universal de la tristeza", o quizá, mejor, "día universal del derecho a la tristeza", o del derecho a la depresión, a la frustración o a la melancolía, porque cualquiera de ellas -la tristeza, la depresión, la frustración, la melancolía- es infinitamente más humana y más producitva que la felicidad superficial y plástica que quieren vendernos a toda costa, casi como un deber ciudadano, y que no es sino el cínico presupuesto para convertirnos en consumidores y trabajadores felices, políticamente complacientes, socialmente inocuos, indiferentes, inactivos.
echando la vista atrás me doy cuenta de que mi vida se ha laicizado y domesticado bastante: las buenas ideas, que antes se me ocurrían en misa, en el transcurso de insufribles homilías, ahora se me ocurren planchando.
"Desde hace mucho tiempo profeso la opinión de que la cantidad de ruido que cada cual puede soportar sin incomodarse está en relación inversa a su inteligencia y puede considerarse como una medida aproximada de sus facultades. Cuando en el patio de una casa oigo ladrar a los perros durante horas sin que se les haga callar, ya sé a qué atenerme sobre la inteligencia de sus moradores. Quien habitualmente da portazos, en lugar de cerrar las puertas con la mano, o tolera esto en su casa, no sólo es un hombre ineducado, sino también tosco y obstuso. Que en inglés la palabra sensible signifique también 'inteligente' descansa sobre una correcta y fina observación. Sólo estaremos enteramente civilizados cuando nuestros oídos queden legalmente protegidos y nadie que no se halle a menos de mil pasos tenga derecho para perturbar la consciencia del estudioso con silbidos, gritos, berridos, martillazos, latigazos, ladridos y otras cosas por el estilo."
Arthur SCHOPENHAUER, El mundo como voluntad y representación