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Terra
La Coctelera

Categoría: Lecturas

203, del bien común

"El deseo de servir al bien común debe ser obligatoriamente una necesidad del corazón, una condición de la felicidad personal; si no proviene de allí, si nace sólo de consideraciones teóricas o de otro tipo, no sirve."

Anton Chéjov, Cuaderno de notas, La Compañía / Páginas de Espuma, Madrid, 2010.

200, sobre el ruido

"Desde hace mucho tiempo profeso la opinión de que la cantidad de ruido que cada cual puede soportar sin incomodarse está en relación inversa a su inteligencia y puede considerarse como una medida aproximada de sus facultades. Cuando en el patio de una casa oigo ladrar a los perros durante horas sin que se les haga callar, ya sé a qué atenerme sobre la inteligencia de sus moradores. Quien habitualmente da portazos, en lugar de cerrar las puertas con la mano, o tolera esto en su casa, no sólo es un hombre ineducado, sino también tosco y obstuso. Que en inglés la palabra sensible signifique también 'inteligente' descansa sobre una correcta y fina observación. Sólo estaremos enteramente civilizados cuando nuestros oídos queden legalmente protegidos y nadie que no se halle a menos de mil pasos tenga derecho para perturbar la consciencia del estudioso con silbidos, gritos, berridos, martillazos, latigazos, ladridos y otras cosas por el estilo."

Arthur SCHOPENHAUER, El mundo como voluntad y representación

198, El capital

parece que con la crisis mucha gente acude -o acudimos- a El capital como si fueran las profecías de Nostradamus. la comparación no es del todo caprichosa, porque los razonamientos de Marx en torno a medios de producción, trabajo, salarios, plusvalías, mercancías y beneficios tienen mucho de críptico, de hermético, uno intuye por momentos que la argumentación hace aguas, aunque no sepa muy bien por dónde, pero las conclusiones, el punto de llegada después de tanto merodeo, resultan contundentes y, visto lo visto, muy acertadas, como por ejemplo:

"La producción capitalista  tiende constantemente a superar esas sus barreras inmanentes, pero sólo las supera mediante medios que le ponen de nuevo delante de las mismas barreras a escala más imponente.

La verdadera barrera de la producción capitalista es el capital mismo, a saber: que el capital y su autovalorización aparecen como punto de partida y punto final, como motivo y finalidad  de la producción; que la producción es sólo producción para el capital, en vez de ser, a la inversa, los medios de producción meros medios de una configuración en constante expansión del proceso vital para la sociedad de los productores. Las barreras dentro de las cuales únicamente pueden moverse la conservación y la valorización del valor-capital -basadas en la expropiación y el empobrecimiento de la gran masa de productores- entran por ello constantemente en contradicción con los métodos de producción que el capital tiene que aplicar para alcanzar su fin, métodos que empujan a un aumento ilimitado de la producción, a la producción como fin de sí misma, a un desarrollo incondicional de las fuerzas productivas sociales del trabajo."

193, pessoana

1. ahora que ando de nuevo a vueltas con Pessoa se me ocurre que quizá lo único que le gustaba de Ofélia Queiróz era su nombre, que enamorarse de ella no era sino la consecuencia necesaria de una cierta vocación hamletiana (ser o
no ser; ser muchos o no ser nadie; ser nada o serlo todo de todas las maneras posibles). de ahí su fracaso amoroso, porque el escritor puede estar enamorado sólo de las palabras, pero el hombre no puede estar enamorado sólo de las palabras, pues acaba solo (aunque acompañado, eso sí, de las palabras).

2. me pregunto también qué habría sido de Pessoa si en lugar de legarnos un baúl lleno de papeles nos hubiera dejado una serie cerrada de libros publicados, al modo convencional. presiento que sería mejor poeta, pero no habría llegado a ser un mito. además, de este modo consigue seguir ganando batallas después de muerto, seguir siendo lo que siempre quiso ser: muchos poetas: hay tantos Pessoas como lectores desordenados, tantos Pessoas como críticos y poetas que organizan su obra.

190, pérdidas, 2

para mi catálogo abierto de pérdidas literarias irreparables:

3.- la obra de teatro "Mrs. Davies", de Carlos de Oliveira.

"historia de una sudafricana relativamente misteriosa, cuarenta y pocos años, metro y setenta y ocho de altura, rubia, de ese rubio de cobre al fuego del que saltan reflejos pelirrojos. Belleza, como dicen los especialistas, sazonada (...). Mrs. Davies, llegada de Ciudad del Cabo, desembarca en Lisboa el 29 de noviembre de 1935, víspera de la muerte de Fernando Pessoa. Lo había conocido en Durban, en una escuela inglesa, siendo ambos pequeños, él con nueve o diez años, ella con cinco o seis, y por fin venía en su búsqueda como le prometiera un día, cuando los padres se la llevaron de la ciudad a una finca en el interior del Transvaal. Pessoa siempre le fue fiel. Nunca la olvidó aunque creyese que sí y la cantó sin desfallecer bajo el nombre de Infancia incluso cuando creía estar hablando de otra cosa. Infancia, heterónimo de Mrs. Davies. (...).

En todo caso, advierto que "Mrs. Davies" es una ficción teatral y, por tanto, su pequeña maquinaria imaginativa machaca con indiferencia la realidad, los prejuicios, las propias declaraciones del poeta. Por el hecho de haber repetido muchas veces que tiene saudades de la infancia (...) no quiere decir que forzosamente las tenga. Y sin embargo Mrs. Davies viene a buscarlo, en cumplimiento de una promesa que peso en la existencia y la obra de Pessoa hasta la abulia, hasta el genio (...).

Después de varias peripecias, consigue encontrarlo en el Hospital de S. Luís dos Franceses, ya agonizante. Se dice que tenía al lado sólo tres personas: el sacerdote, el médico, la enfermera, pero evidentemente también estaba Mrs. Davies. Puedo probarlo, porque ese encuentro estaba desde hacía mucho previsto en los astros, en los horóscopos falsos o verdaderos, como si la fatal conjugación de las estrellas apuntase desde siempre hacia el cuarto en el que ahora moría, apaciguado por la mirada que tanto había esperado y que la vida había conservado, a través de todo, azul, lejano, puro:

Y en el cuarto callado

Con la luz que ondeaba

Dejé vagamente

Hasta de soñar..."

Carlos de Oliveira, O Aprendiz de Feiticeiro, Assírio & Alvim, págs. 35-38.

181, Perec, Modiano, Osiris

las novelas de Modiano y Je me souviens de Perec m'ont faît du mal. las novelas de Modiano porque, en el fondo, muchas de ellas tratan sobre la vertiginosa fugacidad de las cosas, sobre cómo desaparecemos y, a la vuelta de unos muy pocos años, no queda de nosotros ni siquiera el recuerdo, tan sólo un débil eco, una reverberación en las calles que frecuentamos, en los lugares donde fuimos, y Perec, porque sus ágiles y coloristas je me souviens apenas si consiguen apuntalar el recuerdo. m'ont faît du mal además porque ayer, por azar, regresé al bar donde pasé una buena parte, una parte buena de mi juventud, y el camarero, que entonces era poco mayor que nosotros, está viejo, canoso, arrugado, desplazado detrás de la barra que ahora atiende un joven alto y pálido que entonces era un niño pálido y pequeño que no sobrepasaba el mostrador, porque me asomé como entonces por la ventana del bar y el paisaje es el mismo, una casa de dos plantas anodina, desconchada, de un color blanco sucio, apenas a tres metros de distancia, y seguían pasando jóvenes de un lado a otro animados por la fiesta, pero sus rostros eran otros, sus ropas eran otras, su música era otra, m'ont faît du mal porque la vida seguía sin mí más o menos igual, porque hacía años que no entraba en ese bar en el que pasé tanto tiempo y el bar no me echaba en falta. m'ont faît du mal porque me han hecho darme cuenta de que, cuando muera, yo, que no tengo hijos, a quien el diablo no ha dado siquiera sobrinos, en muy poco tiempo no seré más que una página amarillenta del registro civil, que envíos publicitarios y comunicaciones del banco devueltas por el cartero, que el eco de una sombra que paseaba por el parque, que frecuentaba la biblioteca municipal, que se acodaba las horas muertas en la alta barra del bar Osiris.

170, más Coetzee

"Al final de una jornada de trabajo literario me encuentro con unas páginas a la que estoy acostumbrado a considerar lo que quería decir. Pero ahora, con una mayor cautela, me pregunto: ¿Son estas palabras, impresas en papel, realmente lo que quería decir? ¿Es suficiente alguna vez, como explicación fenomenológica, decir que en algún profundo recoveco de mi ser sabía lo que quería decir, tras lo cual busqué los símbolos verbales adecuados y los combiné una y otra vez hasta que logré decir lo que quería? ¿No sería más exacto decir que jugueteo con una frase hasta que las palabras en la página 'suenan' o 'son' correctas, y entonces dejo de juguetear y me digo: 'Eso debe de ser lo que querías decir'? En ese caso, ¿quién juzga lo que suena o no suena bien? ¿Es necesariamente el yo ('yo')?"

(De Diario de un mal año).

168, números

leo en el Diario de un mal año, de Coetzee, que “las matemáticas que hemos inventado (según algunas versiones) o descubierto (según otras), de las que creemos o esperamos que sean una llave para acceder a la estructura del universo, muy bien podrían ser igualmente un lenguaje privado (privado de los seres humanos con cerebros humanos) con el que garabateamos en los muros de nuestra caverna” y recuerdo haber pensado algo parecido hace tiempo, leyendo algún libro elemental sobre teoría de la ciencia, haber sido consciente, de pronto, de que las matemáticas no son más que una herramienta para descifrar el mundo, una herramienta eficaz y sutilísima, desde luego, pero una herramienta al fin y al cabo que quizá en un momento dado lleguemos a superar hasta dejarla obsoleta, de que hoy por hoy nos sentimos orgullosos de tanto como hemos alcanzado cuando quizá lo que en realidad andamos haciendo es poco más que contar garbanzos.