al parecer, el día de ayer, 24 de enero, es el día más deprimente del año, según descubrió hace algún tiempo un investigador de la universidad de cardiff por medio de una fórmula matemática. creo que la onu o la unesco o la otan o alguien debería aprovechar para declarar ese día "día universal de la tristeza", o quizá, mejor, "día universal del derecho a la tristeza", o del derecho a la depresión, a la frustración o a la melancolía, porque cualquiera de ellas -la tristeza, la depresión, la frustración, la melancolía- es infinitamente más humana y más producitva que la felicidad superficial y plástica que quieren vendernos a toda costa, casi como un deber ciudadano, y que no es sino el cínico presupuesto para convertirnos en consumidores y trabajadores felices, políticamente complacientes, socialmente inocuos, indiferentes, inactivos.
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una de las recetas más lúcidas contra la crisis que he escuchado últimamente la daba Vicente Verdú el pasado sábado, en El País, en su artículo "Los remedios de la abuela": "la frugalidad, que fue pobreza, puede ser hoy una deseable forma de vida. La disminución del trabajo, sus alternativas o sus cambios, que fueran considerados temibles, pueden hoy brindar felicidad. Los móviles, por ejemplo, que cada vez ofrecen más prestaciones, podrían ser más codiciados si se les aligerara de innumerables funciones que no sirven sino para agobiar". el resto del artículo tampoco tiene desperdicio.
antes, sencillamente, lo llamábamos invierno.
ahora lo llaman temporal y es noticia, noticia, noticia.
el domingo me sorprendió leer en Público que “El mundo podría ser sólo un gigantesco holograma”. según la noticia, “es posible que la experiencia que tenemos del mundo no sea más que una proyección holográfica de procesos físicos que están teniendo lugar en algún lugar del cosmos”. aunque debido a mis prácticamente nulos conocimientos de física no llegué a comprender muy bien cómo habían llegado a esa conclusión ni qué consecuencias tenía –si bien, respecto a esto último, el propio artículo reconocía que tampoco los investigadores lo saben a ciencia cierta–, la noticia me provocó una rara inquietud, una inasible sensación de vértigo, como si todo de repente se volviera inestable y quebradizo a mi alrededor. entonces leí, a renglón seguido, una breve nota marginal que decía que “una espectacular hipótesis de la física teórica plantea la posibilidad de que observar el universo pueda propiciar su destrucción. A nivel cuántico, cuando se observa o se mide algo se detiene el proceso de pérdida de energía y se ‘resetea’ el reloj que mide su desintegración en un fenómeno conocido como efecto Zenón. Investigadores de EEUU afirmaron que la simple observación de supernovas podría haber hecho retroceder la situación energética del cosmos hasta un punto cercano a una transición energética que causaría un nuevo Big Bang”, y fue cuando me quedé, de verdad, del todo perplejo, absolutamente anonadado, sin saber muy bien si me encontraba ante la materialización, ante la prueba física de la mítica ‘fuerza’ de “La guerra de las galaxias” o ante los indicios de la sofisticada bomba-trampa de un demiurgo cruel, boquiabierto, en cualquier caso, por aquella insólita conjetura, terrible y fascinante como un cuento de Borges.
Emilio Lledó, el pasado sábado, en Babelia:
"La mirada sobre el lenguaje, la pregunta continua sobre las significaciones es una función educativa y una de las grandes empresas de la cultura. El universo de palabras que nos circunda al incorporarse como lengua materna a nuestra vida nos constituye y nos define. Pero no basta con este hecho esencial de la existencia humana, no basta con encontrarse por azar en un lenguaje. Nadie puede sentirse orgulloso de una lengua en la que, por casualidad, se ha nacido si no se es capaz de convertir ese azar en necesidad, esa casualidad en destino; si no aprende con ella a ser persona, a ser veraz, justo, solidario, decente... Esa lengua materna en la que nacemos tiene que hacerse lengua personal, lengua matriz, lengua capaz de definir y manifestar nuestros comportamientos: '¡Habla para saber quién eres!'."
mucho se habla de fin del capitalismo feroz, de un nuevo Bretton Woods, de refundación del sistema económico mundial, pero, aun cuando debo reconocer que en alguna parte, dentro de mí, crepita tímida una pequeña llama de esperanza, mi sensación general es de escepticismo, de que, como muy bien dejó caer Nicolás Sartorius en el artículo de opinión publicado en El País el pasado sábado recordando al Príncipe de Salina, se trata una vez más de cambiar algo para que todo siga igual.
según bush, en un grave mensaje dirigido a la nación, la inyección de 700.000 millones de dólares en el sistema financiero norteamericano es necesaria porque el mercado no está funcionando bien, cuando todo apunta a que, por el contrario, esos 700.000 millones de dólares de los contribuyentes norteamericanos resultan ahora necesarios precisamente porque el mercado, el libre mercado, ha estado funcionando bien, demasiado bien últimamente.
P. Ha dicho que en la antigua Unión Soviética había más libertad que en los países capitalistas, ¿a qué libertad se refería?
R. La única libertad que de verdad cuenta es la de ser libres del trabajo. Y en los países comunistas gobernaba una burocracia que, por lo menos ésa fue mi experiencia, era bastante floja. Así que te podías escaquear con facilidad. Nadie puede escapar, en cambio, de las redes del mercado. Al mercado no puedes engañarlo porque dependes de él, del dinero que te proporciona para vivir. Hay una idea falsa en Occidente y es que la vida está llena de deseos. Pero si de verdad a alguien lo liberas de sus obligaciones, se va a dormir. La verdadera libertad es no trabajar. Por eso había tanta libertad en los países comunistas, porque nadie daba ni golpe. Y por eso hay tan poca en un mundo dominado por el mercado.
(Puedes leer la entrevista completa en Babelia.)