de lunes a viernes, el ocio es una prerrogativa aristrocrática. a partir del viernes por la tarde, se democratiza y, entonces, el no hacer nada pierde sentido debido a una regla económica primordial: los bienes, en abundancia, se devaluan.
será por eso que hoy sábado, por la mañana, me he levantado con tantas ganas de hacer cualquier cosa útil, y me he afanado, durante horas, en ramplonas tareas domésticas, en remover cajones, hojear algunos libros y esbozar estúpidos planes. pero, poco a poco, me he ido hundiendo en un spleen que es de otras épocas, en unas tremendas pocas ganas de vivir y, a estas horas de la tarde, no sé qué demonios hacer con este sábado del que aún restan nada menos que seis horas.
el ocio mal digerido se atraviesa en el estómago y genera un malestar que sólo cura el triste paso de las horas. provoca una angustia insuperable, porque tanto el hacer como el dejar de hacer agravan la dolencia y el paciente sólo aguarda, esperanzado, a que lleguen la noche, el sueño y el olvido, y a que, por la mañana, se encuentre con una cierta mejoría. pero mañana es domingo, jornada, por antonomasia, de ocio democratizado. si tan sólo el lunes no tuviera que ir a trabajar, la tarde del domingo mejoraría mi humor, pero ya he agotado los tres cartuchos previstos en el convenio y el lunes no tendré otro remedio que agostarme amodorrado en mi oficina.
¡qué largas han de ser las horas hasta el lunes por la tarde!
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