anticipé ayer en la oficina, no sé si de forma burda o sutil, una posible recaída en mi vaga dolencia preprimaveral, y esta mañana, al despertarme, me he sentido tan feliz retozando entre las sábanas, que he decidido al instante aprovechar la coyuntura, la proximidad de mi pasada incierta enfermedad (proximidad que redunda en verosimilitud), para tomarme un penúltimo, aristocrático y funcionarial día de asueto.
en la cama estaba, practicando la sana costumbre de leer en ayunas, cuando he oído una llave extraña en el cerrojo. al punto me he dado cuenta de haber confundido los días, de que era miércoles y no martes, y de que la llave que ultrajaba mi felicidad era la de la señora mercedes, la mujer que me hace la limpieza tres veces por semana, a la que debería haber llamado ayer noche para pedirle que, por favor, viniera el jueves, y no el miércoles. la situación me ha obligado a improvisar unas toses torpes e improbables síntomas de una enfermedad imposible y a rebujarme, doliente, bajo la manta, y la buena mujer, al averiguar que no había desayunado, ha insistido en traerme a la cama una bandeja repleta de café, zumo, fruta y bollos.
pero no todo ha sido tan estupendo. la señora mercedes ha estragado, sin quererlo, un par de horas de jugosa soledad y, llena de buena voluntad, ha estado a punto de estropearme alguna hora más, al insistir en quedarse para hacerme compañía. y es que, llena de bondad, estimando que los libros no pueden ser, de ninguna manera, entretenimiento bastante para el enfermo (cuando no cosa de poco provecho, incluso perjudicial), mientras trajinaba de cuarto en cuarto, ha ido dándome a voz en grito conversación durante las dos horas pactadas de limpieza.
la conversación (en realidad un monólogo) ha recorrido temas diversos, escogidos sin cuidado entre las prensas rosa y amarilla, manidos y desgastados en recurrentes programas del corazón que no me interesan ni de lejos. la señora mercedes es un ser elemental, de costumbres sencillas. su marido, inválido en la cincuentena, hombre de partida de cartas y deambular inútil por la plaza mayor, vago de solemnidad, apenas para en casa, la saca poco de paseo y la atiende menos. así, las mañanas de la señora mercedes son largas, de limpieza de casas ajenas y escaleras de vecindad, y sus tardes, estepas eternas de croché, brasero y televisión. su hija mayor vive en barcelona y el muchacho, que ya es un hombre, no se va de casa, monta y desmonta negocios e hipoteca y liquida, poco a poco, el escaso patrimonio familiar.
sus razonamientos sobre líos de faldas y folclóricas son también simples, calcados de los de esos estúpidos periodistas chismosos que entretienen sus tardes. se tiene la sensación de que la actividad cerebral de la señora mercedes (ser que, al margen de este razonamiento, y aunque luego cuestionaremos la entidad de tal sustantivo, cuenta con toda mi solidaridad) se haya bajo mínimos, limitada a ciertos procedimientos mecánicos, casi reflejos en ella (limpiar, cocinar, hacer croché) y a la construcción de frases y silogismos rotundamente elementales.
por ello, pensando en el cogito, ergo sum cartesiano, si pudiésemos clasificar el sum, el ser, el existir del individuo, en función del grado de complejidad de sus procesos de cogito, de reflexión, de observación y meditación acerca de su imagen y de la del mundo en el espejo del pensamiento, habríamos de colocar a la señora mercedes (y, probablemente, a su marido, al botarate de su marido y a más de uno de los que pegan botes los sábadonoches en los garitos de moda) en territorios tan próximos al ergo non sum, que uno, pese a la constancia de su presencia física, alterando la paz, el sosiego de sus oídos con su retahíla interminable, se siente tentado de preguntarse, ¿existe de verdad la señora mercedes?
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