releo El Proceso, y es curioso cómo muchos de los diálogos entre K. y la señora Grubach, la señorita Bürstner o la limpiadora del tribunal se parecen a los que a menudo mantenemos con los ciudadanos quienes trabajamos en la administración o, al menos, en ciertas administraciones cutres y mal organizadas. me refiero a esas situaciones delicadas y engorrosas en las que te toca dar la cara frente al administrado y responder en nombre de la organización aun cuando los asuntos no sean de tu estricta competencia, y en los que sabes que no conviene aclarar quién resuelve verdaderamente su solicitud, su problema, su expediente, porque, por experiencia, sabes que hablar a las claras no te acabará trayendo más que problemas (es duro decirlo, pero es así). es entonces cuando uno amolda su lenguaje a las circunstancias empleando un vago “ellos” (“ellos adoptarán respecto a su solicitud la resolución oportuna”), a menudo elíptico (“adoptarán respecto a su solicitud la resolución oportuna”), o la todavía más contundentemente indeterminada pasiva refleja (“se adoptará respecto a su solicitud la resolución oportuna”) y una terminología oscura e imprecisa que sin duda hará creer al ciudadano -o, por lo menos, al ciudadano poco avispado-, el K. de turno, que sus asuntos están en manos de una autoridad misteriosa e inaccesible, cuyos designios -como los de dios- son inescrutables, lo que nos acerca de nuevo al universo de Kafka, aunque, a estas alturas, decir que la administración es kafkiana es, más que un tópico, una tautología o una perogrullada.