a veces me ha sucedido entrar en una casa que no es la mía y encontrarme de frente, en lugar muy visible, con un libro, un jarrón o un portarretratos que les regalé hace tiempo, cuya descarada, deliberada colocación me hace de inmediato sospechar que, en realidad, acaban de salir precipitadamente de un cajón, de un estante recóndito o del fondo de un armario, y en esas ocasiones la sensación es contradictoria, porque, de entrada, el hallazgo me provoca un cierto fastidio, pues siempre me incomoda el estúpido e hipócrita yugo de las convenciones sociales, pero al instante me llena de ternura y de agradecimiento hacia esas personas que se han tomado la apresurada molestia de preparar un escenario en el que yo pueda sentirme querido.