el domingo me sorprendió leer en Público que “El mundo podría ser sólo un gigantesco holograma”. según la noticia, “es posible que la experiencia que tenemos del mundo no sea más que una proyección holográfica de procesos físicos que están teniendo lugar en algún lugar del cosmos”. aunque debido a mis prácticamente nulos conocimientos de física no llegué a comprender muy bien cómo habían llegado a esa conclusión ni qué consecuencias tenía –si bien, respecto a esto último, el propio artículo reconocía que tampoco los investigadores lo saben a ciencia cierta–, la noticia me provocó una rara inquietud, una inasible sensación de vértigo, como si todo de repente se volviera inestable y quebradizo a mi alrededor. entonces leí, a renglón seguido, una breve nota marginal que decía que “una espectacular hipótesis de la física teórica plantea la posibilidad de que observar el universo pueda propiciar su destrucción. A nivel cuántico, cuando se observa o se mide algo se detiene el proceso de pérdida de energía y se ‘resetea’ el reloj que mide su desintegración en un fenómeno conocido como efecto Zenón. Investigadores de EEUU afirmaron que la simple observación de supernovas podría haber hecho retroceder la situación energética del cosmos hasta un punto cercano a una transición energética que causaría un nuevo Big Bang”, y fue cuando me quedé, de verdad, del todo perplejo, absolutamente anonadado, sin saber muy bien si me encontraba ante la materialización, ante la prueba física de la mítica ‘fuerza’ de “La guerra de las galaxias” o ante los indicios de la sofisticada bomba-trampa de un demiurgo cruel, boquiabierto, en cualquier caso, por aquella insólita conjetura, terrible y fascinante como un cuento de Borges.